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Ciencia vs. Pseudociencias (Parte 2): Hacia Una Definición

Por Javier Armentia, Director del Planetario de Pamplona, España.

Parte 2: Hacia Una Definición

No podemos ahondar más en el análisis presente sin realizar algún tipo de definición de las pseudociencias. Ciertamente, no es un tema sencillo, aun cuando etimológicamente equivalga a “falsas ciencias”: disciplinas, por lo tanto, que si aparentemente se revisten del manto de la ciencia, no lo son en realidad. El término “falso” parece indicar, siendo además por lo general cierto, una cierta intención de engaño consciente: a menudo se intenta tal disfraz con el interés de dar una respetabilidad que poseen los productos de la ciencia, y abusar del marchamo científico a la hora de acallar las posibles críticas.

En otros casos, se usa el prefijo para como identificador de algunas de estas disciplinas, como es el caso de la parapsicología, o en el genérico de “fenómenos paranormales”: se pone así de manifiesto el propio interés de los promotores de tales disciplinas por situarse al margen de la corriente principal de la ciencia. Muy normalmente, en estos sectores se caracteriza al conocimiento científico de “ciencia oficial”, con el claro interés de desprestigio que supone adscribir la ciencia a un cierto establishment dogmático. Algo que ha encontrado cierto eco en lo que se denomina el pensamiento postmoderno o el relativismo cultural, según cuyos postulados el conocimiento científico no es sino uno de entre los posibles, sujeto a los mismos vaivenes e influencias irracionales que otras actividades humanas. Nos llevaría fuera del objetivo de este trabajo realizar una crítica del postmodernismo. Recomendamos, en cualquier caso, el trabajo de Sokal y Bricmont Imposturas Intelectuales,[2] que pronto va a ser publicado en castellano.

Epistemológicamente, sin embargo, resulta complicada la definición de pseudociencias, por cuanto es una definición negativa: “lo que no es, aunque parezca, ciencia”. Plantea inmediatamente la cuestión sobre qué o quién dictamina el que sea o no ciencia. Es decir, nos sumerge en el tormentoso asunto de la definición de ciencia, y sus criterios de demarcación, un tema que ha ocupado una buena parte de la discusión filosófica de nuestro siglo. Para un análisis en profundidad de este tema, recomendamos la lectura de los artículos de William Grey titulados “Ciencia y psi-encia: la ciencia y lo paranormal” [3]. El también filósofo Paul Kurtz [4] comenta que las pseudociencias son materias que:

  1. no utilizan métodos experimentales rigurosos en sus investigaciones;
  2. carecen de un armazón conceptual contrastable;
  3. afirman haber alcanzado resultados positivos, aunque sus pruebas son altamente cuestionables, y sus generalizaciones no han sido corroboradas por investigadores imparciales.

Nos puede valer esta caracterización por cuanto apunta a rasgos que con suficiente información uno puede intentar evaluar. Así, tenemos el asunto del armazón conceptual, que podríamos redefinir como “la existencia de hipótesis no refutables o no falsables” (en el sentido popperiano). Sin entrar en detalle en la cuestión de la falsabilidad, esta característica está presente en muchas pseudociencias. Pongamos unos ejemplos:

  • El psicoanálisis es una teoría de la mente que impide la realización de experimentos que puedan ser falsados. Una afirmación clásica (y básica para el desarrollo de su teoría psicopatológica) del psicoanálisis es que todos los hombres tienen tendencias homosexuales reprimidas. Intentemos realizar una prueba que permita descubrir si esta hipótesis es científica: un test de conducta y tendencia que dilucide si el sujeto tiene tales tendencias. Si el test falla, el psicoanalista dirá que esto es así porque las tendencias están reprimidas, y no salen a la luz; si el test resulta correcto, el psicoanalista lo interpretará como una comprobación de su hipótesis. No hay manera, por lo tanto de saber si la hipótesis puede ser falsa, y por lo tanto no es científica.
  • Otro caso extremo lo da una teoría solipsista. Sea: “Yo, Javier Armentia, acabo de crear el mundo hace 25 minutos y medio, con todo lo que se puede ver ahora en él, incluyendo al lector de este artículo”. No hay manera de refutar esta trasnochada teoría: si alguien dice que él tiene recuerdos de su infancia, o pruebas de que allí estuvo, sus familiares, fotos, etc… siempre le podré contestar que yo acabo de crear todo eso, incluso la memoria de ese pasado inexistente. Bien, algo similar afirman los llamados creacionistas evangélicos, para quienes la Biblia es literalmente cierta. Si alguien intenta explicar que es imposible que el mundo se creara hace sólo 6.000 años, como afirman, porque hay fósiles y rocas más antiguos, porque ahora nos llega la luz de galaxias mucho más lejanas que 6000 años-luz, ellos responden que Dios, en su infinita providencia, creó tales pruebas falsas: creó la luz en camino hacia la Tierra, y plantó los fósiles y rocas antiguas…
  • Pensemos, finalmente, en la homeopatía, doctrina médica según la cual diluciones extremas de un principio activo son capaces de tener los mismos (o superiores) efectos que el principio sin diluir. Las diluciones homeopáticas son tan extremas que ni siquiera tomando el equivalente al agua de todos los océanos de medicina homeopática existe una posibilidad real de encontrar una sola molécula de tal principio. Una dilución homeopática CH14, típica por ejemplo en algunos de los medicamentos que se venden actualmente en nuestras farmacias contiene 10-28 partes de soluto (principio) por cada parte de disolvente (agua normalmente). Si recordamos de la química que el número de Avogadro nos da el número de moléculas presentes en un mol, 6.023 x 1024, en un mol de medicina de este tipo habría típicamente 10-3 moléculas: se harían necesarios al menos 1000 moles (varios metros cúbicos) para encontrar una molécula. Y esto con un CH14, que normalmente se encuentran en estas farmacias diluciones hasta CH18 o CH20. ¿Es posible realizar un test sobre la homeopatía? Difícilmente: si sale negativo, los homeópatas suelen afirmar que ello se debe a que su “medicina” no habla de enfermedades, sino de enfermos, con lo que las pruebas epidemiológicas no resultan adecuadas. Las pruebas químicas tampoco valen: ellos no reniegan (ahora, no ciertamente hace dos siglos) de la química, sino que invocan a una entelequia informacional, algo llamado “la memoria del agua”, completamente indetectable, y no refutable, por lo tanto.

Por otro lado, es cierto que los proponentes de las pseudociencias son normalmente muy reacios a la evaluación o público escrutinio de sus experimentaciones. Esto ha venido sucediendo, por ejemplo, en la parapsicología durante el último siglo. A menudo, un presunto psíquico (persona de la que se afirma que tiene poderes mentales no convencionales) pierde sus facultades cuando el experimento se diseña de manera que se eviten las posibilidades de fraude, es decir, de conseguir los resultados mediante trucos, como hacen los ilusionistas y mentalistas. Suele aducirse entonces la existencia de una especie de fuerza mental negativa que surge normalmente de los escépticos, y que bloquea a estas personas “sensitivas”.

Algo similar sucede en el caso de los videntes y astrólogos. A pesar de ganarse la vida, a menudo, con sus actividades, muy pocas veces permiten hacer pruebas sobre sus poderes. De hecho, ellos mismos suelen sobreestimar sus capacidades cuando se puede contrastar su habilidad, como mostró, estudiando predicciones publicadas de más de una decena de videntes españoles Luis Angulo [5]. A pesar de que afirmaban ser capaces de adivinar correctamente por encima del 90%, lo cierto es que ninguno superaba el 20% de aciertos, incluyendo como tales obviedades del estilo “en verano habrá incendios”, etc.

Se suele olvidar un principio fundamental del método científico, expresado en la máxima de Hume: “el peso de la prueba reside en quien hace la afirmación”, y completado con “afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”. Más adelante hablaremos del papel del escepticismo científico, pero ateniéndonos a estas máximas vemos cómo sistemáticamente las pseudociencias hurtan el análisis para evitar tener que demostrar sus afirmaciones. Uno no tiene que demostrar que no existen platillos volantes: pero debe exigir a quienes afirman que son naves extraterrestres que aporten las pruebas suficientes para soportar tal teoría. Y que además esas pruebas sean “extraordinarias”: es decir, que no sean circunstanciales o un conjunto de casos curiosos. Podemos entender esto con una analogía: si yo afirmara que en el salón de casa tengo una vaca, la afirmación podría parecer a cualquiera curiosa o extravagante. Pero podría ser creído sin más (por otro lado, bastaría con visitar el salón de mi casa para comprobar la veracidad de mi afirmación). Pero si lo que afirmo tener en casa es un unicornio, las cosas cambian: la ciencia no ha encontrado nunca un unicornio, por lo que mi afirmación es extraordinaria. En este caso no bastaría con que yo mostrara mi casa a una persona (o varias), sino que estaría obligado a permitir que expertos -zoólogos en este caso- comprobaran que lo que hay en mi salón realmente es un unicornio, y no un caballo con un cuerno de pega en la frente…

Evidentemente, el mundo de las pseudociencias es tan amplio como lo son las fronteras de la ciencia, donde se suelen quedar, adquiriendo un marchamo de “alternativo” que resulta muy del gusto de esta época de pensamientos blandos y Nuevas Eras. Pero podemos distinguir dos tipos fundamentales, atendiendo al grado de “alarma social” que pueden crear. Es claro que leer horóscopos, o frecuentar las mesas de adivinos no suele provocar mayores males que una pérdida económica. Acaso, ciertos sujetos sin escrúpulos que aprovechan su consulta de videncia para robar a las víctimas todo su dinero y posesiones serían lo más grave en este tipo de pseudociencias. Igualmente, algunas personas especialmente susceptibles pueden llegar a hipotecar su vida por lo que les digan o dejen de decir estas personas. En este grado, cercano al mundo de los timadores, están los productos milagro, como el agua imantada que hace unos años llenó los hogares españoles de imanes en torno a los grifos de agua corriente. Las maravillas que prometían estos inventos del TBO eran tan inexistentes como la posibilidad de imantar el agua… Jugando con la incultura científica, estas compañías hacían su agosto vendiendo imanes de quinientas pesetas a quince mil.

Lo mismo sucede con el asunto de los platillos volantes: son creencias en principio no dañinas para el conjunto de la sociedad. Una vez más, con la salvedad de fenómenos sectarios como el sucedido el año pasado al hilo de la venida del cometa Hale-Bopp con la secta “Heaven’s Gate”, cuyos adeptos se autoinmolaron buscando la salvación de sus amigos extraterrestres. En una escala superior de peligrosidad está precisamente el mundo de las sectas, que a menudo utiliza el atractivo de lo paranormal o pseudocientífico para conseguir nuevos adeptos. En el fondo, sin embargo, la peligrosidad de estas sectas es un asunto difícil de definir, por cuanto el límite entre lo que se conoce como secta y una religión establecida podría no ser mucho más que demográfico.

Posiblemente, el grado más alto de la escala lo ocupan las pseudociencias asociadas a los temas sanitarios. Las mal llamadas medicinas alternativas suponen en muchos casos un peligro real. Un ejemplo está en el caso aireado hace un par de años en Barcelona en torno al “método Hamer” de curación del cáncer. Según este austriaco y sus seguidores en varios países (médicos titulados, por cierto), el cáncer tiene un origen exclusivamente psicosomático: se produce en el fondo por una actitud negativa y autodestructiva del paciente. La terapia que va a curarle es conseguir que elimine tal negatividad, mediante terapias de grupo, olvidándose de los tratamientos “convencionales”. Pero estos pacientes de cáncer están normalmente perdiendo la posibilidad de que uno de esos tratamientos le cure realmente, y está perdiendo en la mayor parte de los casos un tiempo precioso para atacar el cáncer antes de que sea irreversible.

Resulta especialmente penoso que en nuestro país (también en nuestro entorno europeo) la ciencia médica preste tan poca atención a estos fenómenos pseudomédicos. En especial, las organizaciones médicas colegiadas sólo luchan contra el intrusismo: es decir, denuncian a los que practican pseudomedicinas si y sólo si no son médicos titulados o no están colegiados. Por contra, en numerosas organizaciones provinciales se han creado ya secciones oficiales de homeopatía, naturopatía y otras pseudomedicinas. Pensemos en la gravedad del tema cuando nos encontramos con enfermedades como el cáncer o el SIDA (otro de los ámbitos en que las pseudoterapias están literalmente matando personas con completa inmunidad).

Finalmente, dentro de esta difusa caracterización o tipología de las pseudociencias, no deberíamos dejar de lado otras corrientes de pensamiento irracionalista dentro del ámbito de las ciencias humanas. Debemos mencionar que fenómenos similares a los comentados, y en algunos casos con gran capacidad de dañar nuestra sociedad, se producen en otras áreas de conocimiento donde normalmente no hablamos de pseudociencias. Nos referimos por ejemplo a fenómenos relacionados con la xenofobia y el racismo, a menudo (recordemos las teorías nazis del III Reich sobre pureza étnica aria) sustentadas con profusión de datos aparentemente científicos. En una escala similar se sitúan los planteamientos sexistas o racistas que se ven a menudo en nuestra sociedad. A veces, por defecto o a veces por exceso, aunque estos temas nos llevarían más lejos de lo que da de sí este artículo. Igualmente, mencionaremos en esta línea ciertas tendencias extremistas que se dan en la temática medioambiental, donde se están creando casi sistemas de creencia y se están utilizando las peores artes de las falsas ciencias para defender ideologías irracionales o intereses económicos. Un tema amplio, donde por el momento todavía hay poco debate crítico.

Referencias

[2] Sokal, Alan; Bricmont, Jean: “Impostures Intellectueles”, 1997, Ed. Odile Jacob; versión norteamericana titulada “Fashionable Nonsense: postmodern intellectuals”, 1998, Ed. Picador

[3] Grey, William, “Ciencia y Psi-encia: la ciencia y lo paranormal (I)”, La Alternativa Racional, primavera 1994, nº32, pp. 23-27; “La búsqueda de la verdad: la filosofía y lo paranormal (II)”, LAR, verano 1994, nº33, pp. 11-17; “El proceso de explicación (III)”, LAR, especial X Aniversario, nº34-35, pp. 41-46; y “Escepticismo y conocimiento (y IV)”, LAR, primavera 1995, nº36, pp. 25-31.

[4] Kurtz, Paul, “Is parapsychology a science?”, 1978/1981, The Skeptical Inquirer, Vol 3. nº.2, pp. 14-23; reimpreso en Paranormal Borderlands of Science, ed. Kendrik Frazier, Prometheus Books, pp-5-23.

[5] Angulo, Luis, “Evidencias sobre videntes”, LAR, nº 11.


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