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Medicinas Alternativas: Las “Terapias” Pintorescas (Parte 8 de 12)

Medicinas Alternativas: Todo Lo Que Usted Debe Saber Pero No Se Atreve A Preguntar

Por Javier Garrido

LAS “TERAPIAS” PINTORESCAS

Si algo caracteriza a las pseudomedicinas es el carácter netamente arbitrario y a la vez folklórico de sus grotescos “métodos” diagnósticos y de sus no menos estrafalarios “métodos” terapéuticos. Si bien casi todas tienen en común la invocación de presuntas fuerzas trascendentes como causa de la enfermedad, esa uniformidad desaparece en cuanto llegamos a la praxis. Cada medicina alternativa suele inventarse sus propios “procedimientos” diagnósticos y/o terapéuticos, aunque los casos de plagios descarados abunden. Los límites al parecer solo están en los que impone la feraz inventiva humana (o sea, que realmente no existe ningún límite). Esta proliferación bien pudiera calificarse de “diversidad dentro de la inutilidad”.

Los métodos diagnósticos pueden ir de lo muy simple a lo exasperadamente complejo. La homeopatía realiza un interrogatorio superficialmente parecido a la anamnesis médica habitual, pero haciendo énfasis en toda suerte de intrascendencias. Se puede diagnosticar estudiando el iris (iridología), la palma de la mano o la planta del pie, la cara (la “reflexología facial”) o haciendo uso de poderes psíquicos. También observando el aura (algunos pseudomédicos disponen de tal poder, por lo común vedado a los simples mortales). Los fanáticos de la alta tecnología tienen a su disposición el péndulo (radiestesia o Medicina Psiónica), la cristalización de la sangre, la fotografía Kirlian, el dermatrón, equipos especiales para medir la “biorresonancia” o cualquier otro fenómeno igual de evanescente o imaginario.

Hasta la fecha, las medicinas alternativas parecen no haber considerado que se puede sacar provecho de algunos métodos tradicionales caídos en el olvido, pero cuyas bases están tan firmemente asentadas en el conocimiento científico como todos los antes mencionados: la hepatoscopia, los oráculos, la necromancia, la ornitomancia, la esticomancia, el Juicio de Dios, por nombrar solo algunos. Pero quizás día menos pensado nos encontremos con algún pseudomédico que diagnostique a sus pacientes observando a las aves que vuelan a su izquierda o a su derecha, o revisando las entrañas de un perro. ¿Y por qué no? Por lo menos, suena igual de lógico que hacerlo con un péndulo.

Los procedimientos “terapéuticos” son aún más variados, si cabe. Los más sencillos no requieren absolutamente de ningún accesorio: basta con que el “médico” efectúe la imposición de manos para que sus pavorosas fuerzas biomagnéticas (o electromagnéticas, depende del caso) afluyan hacia el atribulado paciente y este vea sus canales limpios y sus trastornos energéticos corregidos sin más. Los cirujanos psíquicos filipinos extraen tumores a mano limpia (a la hora de la verdad, dichos tumores siempre resultan ser vísceras de pollo y cosas similares).

Otros apelan a dietas fantásticas en que los alimentos están clasificados por colores relacionados con los chakras (por supuesto), o a las prácticas respiratorias. Los olores (aromoterapia y afines), los colores (cromoterapia), y los sonidos (musicoterapia) son también recursos poderosísimos para el tratamiento de cualquier cosa que se nos ocurra (los sabores por lo visto siguen sin ser descubiertos). También se puede curar dando masajes en los pies o en las manos (reflexoterapia podal y quiroreflexoterapia). Y ni hablar del poder de las hierbas (aquí hay que hacer una observación obvia, pero que con frecuencia es malinterpretada: nadie niega que existan numerosísimos principios activos de interés médico en muchas plantas, y deben existir todavía más por descubrir; pero los que practican el herbalismo por lo general lo ignoran todo sobre los efectos farmacológicos de esas sustancias).

Los remedios homeopáticos contienen cantidades terroríficas de energías oscuras (infundidas al medicamento por el pedestre método de sacudir el frasco que lo contiene). También puede utilizarse el poder del pensamiento positivo. Pero no todo el mundo se siente contento con tal frugalidad de medios: dar masajes, imponer las manos, administrarle agua pura al paciente o ponerlo a oler flores les sabe a poco.

Para los que aprecian los tratamientos más agresivos tenemos la moxibustión, la acupuntura y su variante, la electroacupuntura, la radiestesioterapia (otra vez el péndulo), los maravillosos cristales de cuarzo (sus vibraciones tienen tremendos efectos a nivel quántico), el embarramiento con arcilla, los imanes (magnetoterapia) y, ¿cuándo no? las pirámides.

La tecnología también se ha hecho presente en este campo. Disponemos de aparatos especialmente diseñados para la magnetización y la biomagnetización, y también de ionizadores de aire. La ozonoterapia consiste en mezclar la sangre con ozono. La moraterapia o biorresonancia ya es ciencia ficción pura: el equipo inventado por el Dr. Morell y el ingeniero Rasche permite “separar las frecuencia disarmónicas producidas por las células y tejidos enfermos, e invertirlas antes de devolverlas al paciente” (lástima que la idea no se le halla ocurrido a Isaac Asimov o a Arthur C. Clark). Y el Dr. Wilhelm Reich nos ha legado el Acumulador Orgónico, que nos permite concentrar la radiación orgónica procedente del espacio exterior (sus inexplicables detractores insisten machaconamente en que ni el orgón existe, ni radiación alguna por el estilo, y que sus acumuladores no son otra cosa que cajas de madera recubiertas internamente de metal). Otras innovaciones las constituyen la estimulación de los puntos de acupuntura con rayos láser (laserterapia) o con ultrasonidos (sonoterapia).

Como ya lo dijimos antes, no hay límites para la imaginación. Tome cualquier idea, sin importar lo descabellada o ridícula que parezca, revístala de palabrería pseudocientífica, invéntese algunos estudios o casos anecdóticos y ya tiene en sus manos otra flamante Medicina Alternativa. No se preocupe si suena inconsistente o absurda en exceso: tales detalles carecen de relevancia pues siempre encontrará quien se la crea. Igual que la imaginación, la credulidad humana también carece de límites.

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